NECROSIS

- Pero, ¿entonces…?
- Necrosis aguda en el cordón umbilical del neocórtex, señor Defoto. Hágame caso, lo mejor es extirparlo cuanto antes.
El rostro del doctor era de una inexpresividad hiriente. Pero aún me enervaba más su absoluta certeza acerca del origen de mis males.
¿Cómo había empezado todo esto? Hasta hacía apenas dos semanas yo era una persona razonablemente sana…
- Tómese su tiempo si quiere; pida una segunda opinión. Está usted en su derecho. Si quiere alargar su dolor innecesariamente, allá usted...
Me resultaba imposible concentrarme con aquel imbécil. Pero tenía razón.
A mi regreso del Mar de la Tranquilidad (célebre sanatorio de Burkina Faso donde me recuperé de una seria insolación que sufrí en algún lugar de la M-30) comencé a acusar los efectos de un dolor lacerante localizado en el área más oriental de mi despejada frente.
Para mi enorme sorpresa y consecuente estupefacción, comprobé en un espejo que de tal área de mi preclaro cerebro surgía una protuberancia oblonga y palpitante, surcada por venas y arterias de un color sospechosamente parduzco y que desprendía un olor a humedad y putrefacción igualmente inquietante.
Cómo acabé en el consultorio de aquel petulante matasanos cuya seguridad en sí mismo rayaba la impertinencia sigue siendo un misterio para mí. No obstante, mi principal prioridad en aquellos momentos era deshacerme del dolor de una vez por todas.
El doctor, cómo no, también tenía algo que decir al respecto.
-Es mi deber advertirle, dijo impertérrito, que el dolor no desaparecerá de inmediato tras la operación. Es más, seguirá usted padeciéndolo durante un período indeterminado que suele durar entre un semestre y varios años. Será un compañero terriblemente fiel con el que tendrá que aprender a vivir hasta que, progresivamente, remita por completo.
- ¿Y de qué me sirve...?
-Déjeme usted terminar señor Defoto. Para sobrellevar esta situación con entereza y dignidad iniciaremos un tratamiento post-operatorio que tendrá que seguir a rajatabla. En cualquier caso, hay dos cosas que usted no debe hacer en ningún momento.
- El suspense me mata, dije sin aparentar la más mínima curiosidad.
- En primer lugar, jamás se acostumbre al dolor. Es algo natural, pero no se puede ceder con resignación ante lo evitable. Hay gente que va abandonando parcelas de su realidad al dolor hasta que este se apodera de ellos por completo. Usted no será una de esas personas. No lo permitiré. Cuando se cae en esa espiral de dolor, este se torna agradable. Y arrastrado por esa dinámica, se convertiría usted en una especie de alma en pena insoportable.
- ¿Cómo de insoportable?
- Peor incluso que el típico cuñado que se empeña en ser simpático en todas las bodas.
-¡Qué espanto!
- Lo es señor Defoto, lo es. Nosotros lo llamamos “Síndrome de Esto-es-el-colmo”.
Aturdido ante tan terrible revelación, quise cambiar de tema cuanto antes.
- ¿Cuál es la otra cosa que debo evitar? – dije tragando bilis.
- Como usted sabe, la medicina ha avanzado muchísimo en la última década en el tratamiento del dolor. Hemos llegado en muchos casos a solventar el sufrimiento mucho antes que las enfermedades que lo provocan. Esta es una tendencia loable y con la que no podría estar más de acuerdo. Sin embargo, no se puede olvidar ni por un momento que el dolor sólo es un síntoma del mal que aqueja a nuestro cuerpo. Una señal de alarma de nuestro organismo. Y en contadas ocasiones –la suya entre ellas- es el único indicador fiable del avance del tratamiento. ¿Me sigue?
- Mucho me temo que sí –le espeté
- Hay profesionales que no merecen tal nombre señor Defoto. Galenos que aseguran hallarse en posesión del Santo Grial que todo lo cura. Esa gentuza avergüenza a nuestra noble profesión. No todo se arregla con gazpacho de Prozac y tinto de verano. Lo que quiero decir es que va usted a recibir sugerencias muy tentadoras de medicuchos que le propondrán remedios fantásticos a su problema.
- ¿Cómo cuales?
- Le contarán que implantando un nuevo cordón en el lugar de donde surgía el extirpado todos sus dolores desaparecerán de inmediato.
- ¿Y es eso posible?
- ¡De ningún modo! Es la mayor irresponsabilidad que podría usted cometer. Ese tipo de operación produce un contagio inminente en alguna o algunas de las personas con las que usted trate a menudo. Sería usted un virus con piernas. ¿Me explico? En lugar de acabar con su sufrimiento lo extendería como una plaga. Siga mi tratamiento y con el tiempo, cuando el dolor haya desaparecido, es posible que le nazca un nuevo cordón en otro lugar de su cerebro. Eso no debe preocuparle. Es una excelente señal. Pero en el sitio donde se encontraba el anterior sólo debe quedar una cicatriz. Es necesario que esa cicatriz exista. Su presencia le ayudará a evitar otra necrosis.
Tal vehemencia terminó por convencerme. A las pocas semanas ingresé de nuevo en la clínica para someterme a una operación de urgencia. El equipo del doctor intentó tranquilizarme, pero no pude evitar ver que uno de ellos llevaba sombrero de fieltro y gafas de sol. Aquello era totalmente anti-higiénico.
- ¿Quién diablos es ese hombre? ¿Cómo le dejan entrar en un quirófano de esa guisa? –grité.
- Haga usted el favor de calmarse señor Defoto, (era la voz relajada y orgullosa del doctor que me había metido en este lío); este es el doctor Blues, que hoy hará las veces de anestesista y que será el responsable de su tratamiento post-operatorio.
Alcé la cabeza con horror. No podía dar crédito a mis ojos. Aquel doctor era…
- Este anestesista, ¡es John Lee Hooker! ¿Qué diablos está pasando aquí? John Lee Hooker no es médico y lleva años criando malvas…

- Está usted disparatando señor Defoto. El doctor Blues lleva toda la vida con nosotros y siempre estará entre nosotros.
Intenté articular otra queja pero mis labios no se movieron. La anestesia estaba empezando a hacer efecto. Juraría que podía escuchar los acordes de "The Healer" mientras cerraba los ojos.
Ha pasado cierto tiempo desde aquella intervención quirúrgica. El dolor se hizo soportable y finalmente, con la ayuda del doctor Blues (que me sigue recordando sobremanera a John Lee Hooker) desapareció.
No fue fácil.
No fue cómodo.
No fue agradable.
Nunca lo es.
Pero hoy sólo queda una cicatriz. Luce un sol esplendido y vuelvo a trabajar con gran ímpetu para la publicación "Hogar Y Cactus". A veces palpo la cicatriz para asegurarme de que sigue ahí. Pero en estos días hay otro acontecimiento que reclama toda mi atención.
Un poco más arriba, casi en el nacimiento del cabello, me está naciendo otro cordón umbilical.
Su color es rosadito y huele a vida por los cuatro costados.
Y a mí me cuesta no sonreir.
Sólo hay una cosa que me moleste más que no ser tomado en serio: que me tomen demasiado en serio.
septiembre dijo
Cuando he visto el título de tu artículo me he pensado dos veces si leerlo o no. Es una palabra que he oído pronunciar a algunos médicos y me trae malos recuerdos pero al final me lancé y me encantó. Y es que el doctor Blues está en casi todas nuestras penas y nuestros dolores. Al final del dolor suele quedar un cicatriz y ganas de sonreir como tu bien dices...
Buenísimoooooooo , un abrazo
15 Agosto 2005 | 10:03 AM