¡A LA RICA RELIQUIA...!

La cultura de la reliquia ha estado ahí desde el principio de los tiempos. Es una broma pesada del espacio-tiempo que nunca hemos conseguido tomar a la ligera. Intentamos suplir la carencia de contacto con nuestros modelos más queridos por medio de una posesión material y vicaria: Este libro lleva anotaciones de puño y letra de Fulano, en esta sábana estuvo el cadáver de Mengano, esta toalla empapó el sudor de Zutano en aquel mítico concierto de…, etc...
Mientras el asunto quedaba reducido a la petición de autógrafos no me preocupaba en exceso. Hasta que un buen día, hace más de una década, leí que se iba a subastar en Londres un puro que había fumado Orson Welles. En rigor, una colilla de puro…

Como de costumbre, me deslumbró la suprema ironía de nuestras ridiculeces. Welles siempre fue una persona empeñada en poseer las cosas y en no dejar nunca que estas le poseyeran a él. Era lo más contrario que se pueda ser a este tipo de prácticas pseudo-místicas.
Esta subasta no era más que otra mueca paradójica en nuestro devenir cotidiano. Sólo que aparecía en la prensa.
También desde siempre, ha habido mercaderes de la reliquia al otro lado de la barrera, inmunes al efecto cautivador y fascinante de su mercancía. Pero en la última semana les he visto caer en su propia trampa.
François Miterrand y Jacques Chirac decidieron en los años 80 hacer el más difícil todavía. Perpetuar una ciudad entera como en objeto de culto, codicia y anhelos nostálgicos. La reliquia se llamaba París.

Hasta entonces, París ya contaba con el mejor de los historiales para este propósito. Capital cultural, romántica y artística en alguno de los períodos más decisivos de nuestra historia reciente, repleta de grandiosas muestras del orgullo y la vanidad humanas y también de numerosos y acertados ejemplos de la voluntad de un pueblo para ser más feliz; el camino estaba sembrado para los mercachifles de la gloria y la posteridad.
Sin embargo, el entonces Presidente de la República y el alcalde de París, respectivamente, cometieron un error de cálculo. Pusieron el acento en la monumentalidad, en la desmesura avasalladora de nuevas obras cada vez más faraónicas, olvidando que aquellos que amamos la villa que rodea al Sena, lo hacíamos por sus pequeños rincones, por su vitalidad, por detalles inaprensibles e inmateriales y por la escala humana de sus logros…

Hacía siete largos años que no visitaba a esa vieja y conocida compañera de fantasías y desencuentros. He disfrutado enormemente y París sigue tan hermosa como siempre. Más aún. Pero sus imágenes desfilaron por mis ojos sin inducirme ningún tipo de emoción especial aparte de una cierta indiferencia cansina.

Casi al final de mi viaje, haciendo un compendio de mis percepciones de los últimos días llegué a una devastadora conclusión: París está agonizando, ahogada por su propia grandilocuencia. Se ha convertido toda ella en un museo enorme y hueco por dentro.

Y como de costumbre, en esos breves momentos de lucidez, el Absurdo irrumpe con toda su fuerza y desparpajo para poner la guinda al pastel del sinsentido diario.
Cuando creía que no se podía ir más lejos en la “reliquización” humana, encontré ante mis propias narices la cuadratura del circulo: La reliquia de ida y vuelta.
Intentar disfrutar de la tranquilidad de París en el mes de julio es siempre un imposible que desemboca en lo que yo llamo T.A.R. (Turismo de Alto Rendimiento). Anteayer, tomamos la decisión de finalizar nuestra visita en el sitio más reposado que pudiéramos encontrar. Y claro, el cementerio de Montmartre nos venía que ni pintado…
Pero, como todo en la “ciudad-luz”, los cementerios también son objeto del turismo-reliquia.

La revelación se produjo frente a la lápida de uno de sus ilustres inquilinos: François Truffaut. Casualmente (otra broma cruel) un artista por cuya obra siento gran admiración y cariño (aunque nunca he sabido si ese cariño proviene más bien de esa manera apasionada que tenía de irradiar un amor fou por el cine en lugar de por sus películas en sí).
A los pies de la tumba "yacía" un DVD (envuelto aún en un plástico empapado del rocío de la mañana) que contenía una de sus más célebres películas (Jules et Jim) doblada al chino (al principio supuse que sería japonés pero la contraportada lo especificaba claramente).

Allí estaba yo, tratando de imaginar si el propietario original del DVD había intentado remedar el triángulo amoroso del filme cambiando a Jules por lo que queda de Truffaut y autoproclamándose Jim a la vez que convertía un disco de plástico en el nexo de unión/objeto de deseo de ambos. Y lo confieso, joder, me entró la risa…
Rodeado de unos pocos curiosos que -desde la tumba de Berlioz- me miraban de reojo y que debían pensar que mi actitud era una grosería hacia la figura del cineasta francés (al que probablemente respeto más que todos ellos juntos, pero al cual no identifico con un montón de huesos sin vida) yo no podía evitar pensar en el/la chino/a que ofrecía como “ofrenda” a su ídolo algo que ese mismo ídolo había creado. (¡Hay que tener agallas!).
El gran Santana (Jesús, no Carlos) me hizo el favor de hacer esta foto para reflejar fielmente mi estado de estupor.

El efecto boomerang de la reliquia está servido. Espero vuestros comentarios al respecto.
Sólo hay una cosa que me moleste más que no ser tomado en serio: que me tomen demasiado en serio.
sinsangre dijo
Excelentes fotos, como nos tienes acostumbrado. A mi una de las reliquias que se han puesto recientemente a la venta y que me ha dolido mucho (al no poder tenerla claro), es el guión de El padrino con anotaciones del genial Brando. A los hijos habría que pasarlos por el pasapuré, ya que su padre estaría ahora retorciendose en la tumba.
Ya era hora que estuvieses de vuelta. Llamate a Arocha, que le tienes preocupado (o visítalo en www.lacoctelera.com/logoss)
24 Julio 2005 | 12:33 PM