HORAS EXTRAS

El aspecto positivo, en teoría, es que nuestros jubilados vuelven a "sentirse útiles" (nótese que la última palabra comparte algo más que la raíz con el término "utilizados").

Que existen empleos bien pagados, dignos y enriquecedores no lo dudo. Que son pocos, lo dudo aún menos.
La mayoría de los artistas y científicos geniales que han podido permitirse el lujo de seguir trabajando en lo que les apasionaba en la vejez, han elaborado sus mejores obras o teorías en ese último cuarto de su vida.
Pero, para el común de los mortales, dicho trabajo soñado no se corresponde necesariamente con el que han tenido o podrían tener.
Así que me voy a atener a la regla en lugar de a la excepción (sin que sirva de precedente) a la hora de plantearme esta cuestión.
Un tanto por ciento enorme de los empleos que se conceden a jubilados "reinsertados" al mundo de la esclavitud remunerada son trabajos "de oficina"
¿Querría yo, después de 40 años aguantando a jefes soplapollas, compañeros cotillas y arribistas, café barato y bronceados bajo los fluorescentes de un despacho atestado, volver a experimentar la maravillosa sensación de levantarme a diario a las 6 de la mañana?

Afortunadamente, trabajo por mi propia cuenta y no tengo que responder a esta pregunta... Que cada cual se la haga a sí mismo.
¿No será que, para disimular que no le prestamos ni la más mínima atención a nuestros mayores y que les condenamos a la soledad más absoluta (mientras intentamos sacar tiempo de donde no lo hay para evitar que nos pase lo mismo a su edad) vemos esta opción como una "guardería gratuita" con la que aliviar nuestras conciencias?
Desde hace lustros, somos la primera civilización de la historia que rehuye el contacto con los individuos más ancianos de su propia comunidad y prescinde de la correspondiente transmisión de sabiduría que tal contacto implicaba. La primera que no respeta ni reverencia esos conocimientos que sólo el tiempo otorga. La primera que idolatra ciegamente la juventud como virtud máxima per se sin cuestionarse los motivos de tal encumbramiento. La primera que cree que existe el éxito fácil y la realización automática. La primera tan inmensamente IGNORANTE como para hacer todo lo dicho.
Hoy en día, no existe la figura del aprendiz ni mucho menos la del maestro. Aprendimos en la universidad a ser jefes, mientras (en el mundo real) ejercíamos de chico/a de los recados con el pomposo nombre de "becarios". Somos la generación de los "licenciados en Tele Pizza".
Salvando honrosas excepciones, creo que a ciertas edades uno sólo trabaja por la necesidad del salario y de compañía.
Me gustaría saber que responderían estos viejos trabajadores (me niego rotundamente a decir esa gilipollez políticamente correcta de "tercera edad") si se les ofreciera la alternativa de pasar el mismo número de horas compartiendo sus experiencias de toda una vida con nosotros, ejercitando su mente, explorando recuerdos y sensaciones olvidadas y rascándose la barriga (que ya les toca) a cambio de un sueldo. Eso también es trabajar. Y cumplir con una función esencial, ausente en nuestra sociedad.
Creo saber cuál sería la respuesta de muchos...
En cualquier caso, el mundo de la explotación geriátrica va mucho más allá de lo que podemos imaginar. De hecho, la iniciativa privada ya ha comenzado a implantar la "explotación necrófila" (¿o habría que decir "necrófaga"?).
El trabajador perfecto es el que ya está fiambre. No come. No duerme. No se queja. No va a la huelga. No se da de baja... Sus ventajas son abrumadoras...

Es cierto que para los trabajos manuales es bastante incompetente, pero existe todo un universo de nuevas posibilidades para él.
Inspirados por el legendario Cid Campeador, una pareja de ingeniosos granujas decidió ofrecer una última tarea a un cadáver. Y hay que reconocer que la tarea era bien fácil: "aparentar estar muerto".
Desgraciadamente, en esta ocasión, alguien llamó al C.S.I. y el negocio fracasó estrepitosamente -causando cierto revuelo y la publicación de la siguiente noticia:
"Una mujer se ha declarado culpable de ayudar a su esposo a fingir su propia muerte exhumando un cadáver de un cementerio y escenificando luego un grave accidente automovilístico en el que el cadáver quedó carbonizado e irreconocible.
Molly Daniels se declaró ayer culpable de fraude con el fin de cobrar una póliza de seguro y de obstaculizar su detención. Un jurado decidirá esta semana cuál será su sentencia, que puede oscilar entre la libertad condicional y 20 años de cárcel.
Su marido, Clayton Wayne Daniels, se encuentra en prisión en espera de su juicio por cargos de incendio provocado. Según el fiscal, Daniels exhumó un cadáver de un cementerio el pasado mes de junio, lo colocó en su automóvil e incendió el vehículo, con lo que el cadáver quedó carbonizado e irreconocible.
Los fiscales sostuvieron que unas pocas semanas después su esposa presentó a su hijo de cuatro años a su nuevo novio, al que llamó Jake Gregg, pero que en realidad era su esposo Daniels con el cabello teñido de negro.
Las autoridades creen que el cadáver hallado en el accidente falso pertenecía a una mujer de 81 años, de nombre Charlotte Davis, que falleció en el 2003. La fiscal auxiliar de distrito, Jane Starnes, señaló que el motivo del accidente falso fue cobrar una póliza de 110.000 dólares correspondientes a un seguro de vida que había suscrito su esposo".
Hay que reconocer que la estrategia de marketing era bastante chapuza (con cuatro años, un niño no es tan soplapollas como para no identificar a su propio padre por mucho que se haya teñido. Y en el caso de los adultos mejor ni hablar...).
Sin embargo, aunque el fraude no sea la mejor de las ocupaciones para un finado, existen variedades institucionalizadas de estafa que podrían ser una solución muy razonable para utilizar a nuestros muertos.

Por lo pronto se me ocurren varios trabajos de enjundia para los que serían idóneos, ya que la muerte cerebral supone un requisito indispensable para desempeñarlos correctamente:
Director de estudio en Hollywood, productor de reggaetón, obispo de Roma (o cualquier otro puesto como líder religioso en general), anuncio con piernas, director de "La Razón" o presentador de "Fox News", muñeca hinchable o contertulio de Sardá (viene a ser lo mismo), guionista de "Hospital Central", general del ejercito, programador de televisión, Spice Girl, comentarista de fútbol, profesor de Georgetown, ministro o presidente de cualquier país, terrorista suicida y un largo etc...
Así las cosas, el futuro se presenta lleno de horas extras para nuestros queridos difuntos. No sé tú, pero yo voy a redactar un testamento que me garantice el paro después de palmarla...
Sólo hay una cosa que me moleste más que no ser tomado en serio: que me tomen demasiado en serio.
yeyo dijo
¡Toda una vida trabajando, para volver a trabajar por una basura!
¿No ven ustedes cada vez a más ancianos buscando entre la basura?
¡No llegan las pensiones! ¡Esa es la puta verdad! Disculpen, coño es que me nervio...Qué manera tienen de vendernos la moto...
¿Qué estamos haciendo, con lo que nosotros seremos?
En los geriátricos y cualquier tipo de clínica, se producen miles y miles de abandonos.
Es como desprenderse de un móvil antiguo. Lo arrimas y punto. Ahora los quieren reciclar, pero de qué manera.
No recuerdo en dónde vi un documental de abuelos "postizos". Familias que adoptaban "abuelos" y sus experiencias en el cambio de conducta de los niños (respeto hacia ellos, cariño, muchos momentos de complicidad). En el fondo, debe ser una segunda infancia; no una tercera edad: coincido en que es una pésima definición.
14 Julio 2005 | 12:40 PM