¡LLAMEN AL C.S.I.!

Imbuidos del espíritu (tan poco práctico, y por tanto muy apropiado) del Barón de Coubertain los mejores filósofos contemporáneos se han considerado siempre a sí mismos como "amateurs". Ser un "filósofo profesional" desprestigia y quita lumbre a la imagen de uno ante sus colegas. Es como ser "sociólogo a sueldo" (de una empresa o del gobierno, que viene a ser casi lo mismo). Suena a "vendido", a pedante engreído, a pagado de sí mismo...
Pero ya era así mucho antes de los tiempos del Barón. Hasta el mismísimo Kant, trataba de convencer a sus visitantes ocasionales de que -en realidad- trabajaba como limpiador de las letrinas de la universidad de Königsberg. La gente le respetaba y le creía porque, lógicamente (en una universidad con nombre de marca de cerveza), ese era un empleo muy solicitado.
Y hete aquí que el fervor investigador se suma al sano ejercicio intelectual de la duda.
Tarde o temprano todos caemos en la tentación de poner en práctica nuestras elucubraciones más sesudas. Pero su transposición al mundo real es, cuando menos, conflictiva y -en el caso que nos ocupa hoy- traumática.
Un ciudadano argentino decidió pasar de largo ante las dudas filosófica de medio pelo y dedicar todos sus esfuerzos a la más elemental de todas: ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?
Nuestro protagonista, gran admirador de Hegel y de su método dialéctico, presentaba una voluntad de actuación sobre una realidad escindida, contradictoria y alienada que lucha por superar esa situación. El huevo y su antítesis -la gallina- debían poder sintetizarse.
Obsesionado por las posibilidades que tamaña fusión podía proporcionarnos, este sujeto llegó a extirparse quirúrgicamente un testículo (en la simplicidad de una teoría reside su belleza) con el firme propósito de poder realizar dicha fusión con el restante (algunos autores afirman que regaló su genital sobrante a un enfermero canario, pero sólo son habladurías).
Con gran determinación, se dirigió entonces a la granja de su vecina más próxima e intentó el milagro en repetidas ocasiones. Pero una vez más, (destino esquivo), la naturaleza se negó a revelar sus secretos más ocultos y el experimento concluyó abruptamente a consecuencia del fallecimiento de la gallina empleada.
Tras un último intento realizado con otro ejemplar (con idéntico resultado), nuestro desconocido filósofo amateur abandonó la experimentación desolado.
En momentos así, cuando el dolor de la lucidez golpea implacable a nuestro idealismo, siempre hay que soportar (de un modo u otro) una última afrenta de la naturaleza. Cuando nuestro prohombre anónimo, despertó al día siguiente de su más lamentable fracaso, recibió la puntilla mientras leía un períodico que bajo el titular "El sátiro del gallinero" describía sus nobles esfuerzos de la manera más vulgar y desconsiderada:
"Una mujer de Buenos Aires denunció ante la policía que dos de sus gallinas murieron después de ser violadas por un desconocido. La insólita denuncia se registró en la comisaría de esa localidad, aunque las autoridades policiales evitaron dar mayores precisiones sobre el sitio exacto en donde se registró el episodio.
La mujer que denunció el hecho tiene 62 años, vive sola y señaló que las dos gallinas murieron súbitamente. Agregó que sospecha de un hombre que entró por la noche y que violó en reiteradas ocasiones a las gallinas, hasta que éstas murieron.
La denunciante dijo temer por su vida y solicitó protección policial en la zona, aunque la policía no puede determinar si las gallinas han sido violadas".
Angustiado y con el corazón en un puño, el rebautizado "sátiro" corrió hacia el templo del saber donde se había formado su inquietud filosófica y -tras encontrar al catedrático, ya emérito, que había sido su maestro predilecto- le mostró la noticia con gran presencia de espíritu.
Aferrado a esa última oportunidad de comprender un poco más las fuerzas del Universo, preguntó expectante a su adorado ex-profesor: "¿qué podemos hacer?".
Replegando las arrugas de sabiduría que definían la comisura de sus cansados labios, el viejo maestro supo inmediatamente ponerse a la altura de las circunstancias. Miró el rostro esperanzado de su antiguo alumno y respondió sin demora:
"Este cuerpo de policía está formado por ineptos. ¡Llamen al C.S.I.!"
Sólo hay una cosa que me moleste más que no ser tomado en serio: que me tomen demasiado en serio.
Café Jurfendu referenció
HORAS EXTRAS
...aparentar estar muerto".
Desgraciadamente, en esta ocasión, alguien llamó al C.S.I. y el negocio fracasó estrepitosamente causando cierto revuelo y la publicación de la siguiente noticia...
14 Julio 2005 | 11:33 AM