Ayer tarde, todo un país estaba unido por la alegría causada por un suceso inesperado. Contra todo pronóstico, la ciudad de Londres había sido elegido por los miembros del Comité Olímpico Internacional como sede para la celebración de los Juegos Olímpicos de 2012.

Esta mañana, todo un planeta está unido por el dolor, el miedo y la rabia causados por un suceso inesperado. Contra toda lógica, piedad o humanidad, la ciudad de Londres ha sido elegida por los miembros de una desconocida organización afiliada a Al-Qaeda como objetivo de su injustificable odio asesino (otra vez).

Triste paradoja...

Tengo la boca seca y un nudo en la garganta. Es una sensación tristemente familiar. Aquella mañana de marzo de 2004 aún me queda muy cerca del corazón...

Decir que el odio sólo genera más odio es un tópico, pero no por ello deja de ser cierto. El terrorista busca ese odio, busca el enfrentamiento, busca un motivo, una causa para su innombrable atrocidad.

Tal y como quise dejar claro esta mañana (con algo de humor negro) en el artículo que sigue a este, no deberíamos darles esa excusa que buscan (excusa según su mentalidad; según la mía NADA excusará jamás la muerte de un ser humano ni de la mano de los líderes del G8 ni de la de Al-Qaeda).

¿Es que nada ha cambiado en esencia desde que eramos un grupo de monos erectos machacando al prójimo que desafiara nuestro territorio y pertenencias?

Sólo los nombres de las víctimas.

Y sin embargo, en algún momento, fuimos capaces de ponernos de acuerdo para crear un proyecto de vida en común, sacrificando los intereses personales en pro de la supervivencia de la especie.

Ese viejo proyecto está hoy muy desprestigiado. Pero yo aún creo en él.

Se llama democracia.

Y fue Winston Churchill, precisamente un británico -con quien siempre he estado en desacuerdo en tantos otros temas- quien mejor la describió:

"Se ha dicho que la democracia es la peor forma de gobierno posible, si exceptuamos todas las demás que se han intentado".

Habría que recordarlo más a menudo...