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Terra
La Coctelera

Categoría: MÁS CINE POR FAVOR

MUCHO MÁS CERCA

En algunos momentos delicados me viene a la cabeza de forma automática la última secuencia de "Perdición" y ese diálogo soberbio entre Fred MacMurray y Edward G. Robinson con el que Billy Wilder te traspasa el alma.

Fumando su último cigarrillo Mac Murray le espeta a su amigo que no supiera adivinar que el criminal al que había buscado incansablemente (y que es el propio Mac Murray) estaba en el despacho de al lado. Con una mirada impagable, Robinson le contesta que no, que estaba mucho más cerca.

No hay grandes aspavientos, ni gestos grandilocuentes. Sólo dos grandes actores interpretando un guión excepcional ante una cámara respetuosa y no intrusiva.

Es únicamente una película, pero hay gente así.

Hay personas en este puto mundo que hacen que sobre el adjetivo "puto".

Hay gente que da todo lo que tiene a cada paso, pero no para obtener a cambio una ridícula esperanza de santidad, sino porque no saben ser de otra manera.

Hay compañeros que están tan cerca de tí que ni siquiera eres capaz de verlo, hasta que un día encajan un golpe y te das cuenta de que a tí también te duele.

Hay amigos que están tan sólo a un blog de distancia... pero que -en realidad- están mucho más cerca.

Hoy quiero dedicar mi artículo a uno de ellos

Va por tí yeyo.

EL SABUESO ¿PLAGIADO? DE LOS BASKERVILLE

Recordaré mientras viva el día en que la delgada línea que separa la falsificación de la autoría y la genialidad de la impostura quedó difuminada para siempre en mí cabeza.

Fue la deliciosa tarde -hace ya muchos otoños- en que me quedé petrificado tras ver esa magistral declaración de intenciones con aroma documental llamada "F for fake". La firmaba un maestro de la prestidigitación llamado Orson Welles y, desde entonces, nunca he podido volver a adoptar un punto de vista dogmático sobre este tema.

Y no parece que yo sea el único. A todos nos atrae la idea de ver a un escritor de historias de suspense, misterio y crimen involucrarse en el mismo tipo de fechorías que sus personajes desvelan.

Si leyera lo que voy a narrar a continuación en un guión cinematográfico lo desecharía por trillado y falto de imaginación. Pero donde lo he leído es en la prensa. Y el implicado no es cualquier escritorzuelo. Es el mismísimo Arthur Conan Doyle.

Un equipo de investigadores pretende exhumar un cadáver en un pueblecito inglés para determinar la veracidad de los rumores según los cuales el célebre escritor envenenó a un colega tras plagiarle uno de sus libros más famosos.

El libro es nada menos que "El sabueso de los Baskerville", publicado bajo la firma de Conan Doyle, pero que, según algunos, fue escrito en realidad por su amigo Bertram Fletcher Robinson, abogado, escritor y periodista.

El cadáver de este último reposa en el pequeño cementerio de la Iglesia de San Andrés, en la localidad de Ipplepen, condado de Devon, en el suroeste de Inglaterra.

La teoría es que Conan Doyle (1859-1930) envenenó a su amigo, administrándole láudano para evitar que se descubriera el plagio.

Fletcher Robinson falleció en 1907 y en el certificado de defunción se señala unas fiebres tifoideas como la causa, algo que no aceptan quienes pretenden examinar ahora sus restos.

Estos, un escritor llamado Rodger Garrick-Steele, y el científico y ex policía Paul Spiring, pedirán permiso a la diócesis de Exeter, de la que depende la parroquia, y al ministerio del Interior británico para exhumar los restos de Fletcher Robinson.

El equipo de seis personas que han formado incluye a un patólogo y a un toxicólogo, según informó el diario "The Daily Telegraph".

Spiring, que lleva ya algún tiempo investigando el asunto, sospecha que Conan Doyle, que no quería verse acusado de plagio, utilizó a la esposa de Fletcher Robinson, con la que tenía supuestamente un aventura, para administrarle el veneno.

Los admiradores del creador de "Sherlock Holmes" descartan por descabellada la idea de que el novelista hubiera asesinado a su amigo, aunque reconocen que la contribución de Fletcher Robinson a la gestación de aquella obra ha sido minimizada.

En una nota a pie de página en la primera edición de "El sabueso de los Baskerville", Conan Doyle reconoce que el relato se debe a su "amigo" Fletcher Robinson.

Este acompañó al autor a la localidad de Dartmoor, donde Conan Doyle encontró inspiración para la historia, luego llevada al cine, del malvado Sir Richard Cabell, que vendió el alma a Satanás y fue arrastrado hasta el infierno por una jauría.

Heather Owen, de la Sociedad Sherlock Holmes, cree que la teoría del envenenamiento es totalmente incompatible con el carácter del novelista, a quien describe como fiel a su esposa hasta la muerte de ésta.

Tuvo durante el matrimonio una relación intensa, aunque sólo platónica con Jean Leckie, con quien, tras enviudar, contraería nuevo matrimonio y con la que vivió luego felizmente.

Según Owen, citado también por "The Daily Telegraph", Conan Doyle quiso que el libro se publicase con el nombre suyo y el de Flecher Robinson, pero al editor no le gustó la idea porque el único que venía era el primero.

Dudo mucho que se llegue a aclarar este embrollo. Tal y como mis compañeros de fátigas musicales -Alberto P Punto y Tony Couple- tuvieron ocasión de comprobar durante la celebración de la primera edición del "Taller de composición musical lúdico-constructiva de La Maison Du Poulet", lo más probable es que hoy en día Sherlock Holmes estuviera en el paro. Abandonado por la fama y la fortuna en un mundo que admite más puntos de vista de los que el detective victoriano podría tolerar...

Y él sería la única persona apropiada para resolver el enigma planteado por su creador.

Las certezas del ayer se pagan mal, reza el primer verso de "Souvenir en Baker street", la canción que resultó de aquel taller y que se ajusta como un guante a esta situación (Tras unas cuantas copas, también pensamos en componer un espantoso reggaetón que se llamara "Watson talibán" pero lo dejamos, sospechando que podría dignificar al género que pretendíamos ridiculizar).

No tengo ni la más remota idea de cuál es la verdad detrás de los titulares. Sólo sospecho que todos somos un pozo de contradicciones en sí mismo.

El carácter de Doyle podría mostrar otras tendencias menos agresivas que el asesinato, pero no hay que olvidar que el gran maestro de la lógica deductiva, era también un vehemente defensor del espiritismo. Y esa es una señora incongruencia.

Además, ¿va a cambiar la maestría del relato porque el nombre de su autor sea otro? Lo dudo mucho. El propio Holmes es un personaje de moral dudosa, tal y como nos mostró ese travieso geniecillo vienés llamado Billy Wilder en su película más injustamente incomprendida.

En cualquier caso, es evidente que exhumar cadáveres está de moda. Esperemos que cierto fan chino de Truffaut no se entere de esto.

Yo, por si acaso, pienso disfrutar de mis copias de "F For Fake" y "La vida privada de Sherlock Holmes" una vez más, aprovechando que tengo la excusa perfecta.

Como si la necesitara...

¡A LA RICA RELIQUIA...!

Parece consustancial a nuestra existencia. Como si nos entregaran desde el útero en un gran paquete promocional con nuestros miedos, inseguridades, aficiones y adicciones incluidas.

La cultura de la reliquia ha estado ahí desde el principio de los tiempos. Es una broma pesada del espacio-tiempo que nunca hemos conseguido tomar a la ligera. Intentamos suplir la carencia de contacto con nuestros modelos más queridos por medio de una posesión material y vicaria: Este libro lleva anotaciones de puño y letra de Fulano, en esta sábana estuvo el cadáver de Mengano, esta toalla empapó el sudor de Zutano en aquel mítico concierto de…, etc...

Mientras el asunto quedaba reducido a la petición de autógrafos no me preocupaba en exceso. Hasta que un buen día, hace más de una década, leí que se iba a subastar en Londres un puro que había fumado Orson Welles. En rigor, una colilla de puro…

Como de costumbre, me deslumbró la suprema ironía de nuestras ridiculeces. Welles siempre fue una persona empeñada en poseer las cosas y en no dejar nunca que estas le poseyeran a él. Era lo más contrario que se pueda ser a este tipo de prácticas pseudo-místicas.

Esta subasta no era más que otra mueca paradójica en nuestro devenir cotidiano. Sólo que aparecía en la prensa.

También desde siempre, ha habido mercaderes de la reliquia al otro lado de la barrera, inmunes al efecto cautivador y fascinante de su mercancía. Pero en la última semana les he visto caer en su propia trampa.

François Miterrand y Jacques Chirac decidieron en los años 80 hacer el más difícil todavía. Perpetuar una ciudad entera como en objeto de culto, codicia y anhelos nostálgicos. La reliquia se llamaba París.

Hasta entonces, París ya contaba con el mejor de los historiales para este propósito. Capital cultural, romántica y artística en alguno de los períodos más decisivos de nuestra historia reciente, repleta de grandiosas muestras del orgullo y la vanidad humanas y también de numerosos y acertados ejemplos de la voluntad de un pueblo para ser más feliz; el camino estaba sembrado para los mercachifles de la gloria y la posteridad.

Sin embargo, el entonces Presidente de la República y el alcalde de París, respectivamente, cometieron un error de cálculo. Pusieron el acento en la monumentalidad, en la desmesura avasalladora de nuevas obras cada vez más faraónicas, olvidando que aquellos que amamos la villa que rodea al Sena, lo hacíamos por sus pequeños rincones, por su vitalidad, por detalles inaprensibles e inmateriales y por la escala humana de sus logros…

Hacía siete largos años que no visitaba a esa vieja y conocida compañera de fantasías y desencuentros. He disfrutado enormemente y París sigue tan hermosa como siempre. Más aún. Pero sus imágenes desfilaron por mis ojos sin inducirme ningún tipo de emoción especial aparte de una cierta indiferencia cansina.

Casi al final de mi viaje, haciendo un compendio de mis percepciones de los últimos días llegué a una devastadora conclusión: París está agonizando, ahogada por su propia grandilocuencia. Se ha convertido toda ella en un museo enorme y hueco por dentro.

Y como de costumbre, en esos breves momentos de lucidez, el Absurdo irrumpe con toda su fuerza y desparpajo para poner la guinda al pastel del sinsentido diario.

Cuando creía que no se podía ir más lejos en la “reliquización” humana, encontré ante mis propias narices la cuadratura del circulo: La reliquia de ida y vuelta.

Intentar disfrutar de la tranquilidad de París en el mes de julio es siempre un imposible que desemboca en lo que yo llamo T.A.R. (Turismo de Alto Rendimiento). Anteayer, tomamos la decisión de finalizar nuestra visita en el sitio más reposado que pudiéramos encontrar. Y claro, el cementerio de Montmartre nos venía que ni pintado…

Pero, como todo en la “ciudad-luz”, los cementerios también son objeto del turismo-reliquia.

La revelación se produjo frente a la lápida de uno de sus ilustres inquilinos: François Truffaut. Casualmente (otra broma cruel) un artista por cuya obra siento gran admiración y cariño (aunque nunca he sabido si ese cariño proviene más bien de esa manera apasionada que tenía de irradiar un amor fou por el cine en lugar de por sus películas en sí).

A los pies de la tumba "yacía" un DVD (envuelto aún en un plástico empapado del rocío de la mañana) que contenía una de sus más célebres películas (Jules et Jim) doblada al chino (al principio supuse que sería japonés pero la contraportada lo especificaba claramente).

Allí estaba yo, tratando de imaginar si el propietario original del DVD había intentado remedar el triángulo amoroso del filme cambiando a Jules por lo que queda de Truffaut y autoproclamándose Jim a la vez que convertía un disco de plástico en el nexo de unión/objeto de deseo de ambos. Y lo confieso, joder, me entró la risa…

Rodeado de unos pocos curiosos que -desde la tumba de Berlioz- me miraban de reojo y que debían pensar que mi actitud era una grosería hacia la figura del cineasta francés (al que probablemente respeto más que todos ellos juntos, pero al cual no identifico con un montón de huesos sin vida) yo no podía evitar pensar en el/la chino/a que ofrecía como “ofrenda” a su ídolo algo que ese mismo ídolo había creado. (¡Hay que tener agallas!).

El gran Santana (Jesús, no Carlos) me hizo el favor de hacer esta foto para reflejar fielmente mi estado de estupor.

El efecto boomerang de la reliquia está servido. Espero vuestros comentarios al respecto.

MIL GRACIAS ERNEST

Está resultando un día terrible este puto 7-J. A la desgracia comentada más abajo se suma el fallecimiento del maestro del guión Ernest Lehman.

Para cualquiera de los que hemos tenido que enfrentarnos alguna vez al árduo y maravilloso trabajo de escribir un guión, la obra de Ernest Lehman es un ejemplo de laboriosidad, calidad, coherencia y discrección.

Su catálogo es tan impresionante que necesitaría años para hablar de él como se merece. Pero como tengo que ganarme el pan y esto lo hago gratis, tendré que hacer un breve resumen:

El primer trabajo profesional de Lehman, un perfil del músico Ted Lewis se publicó en la revista Collier's. A lo largo de los siguientes trece años, sus relatos cortos, pequeñas novelas y artículos aparecieron en una gran variedad de revistas nacionales como Collier's, esquire, Liberty, Redbook, The American Mercury y Cosmopolitan. Algunos de sus trabajos de esa época fueron adaptados al cine y la televisión décadas más tarde.

En 1952, Paramount Pictures le llevó a Hollywood para emplearlo como guionista aunque para su primer trabajo fue cedido a la MGM, donde escribió "Executive Suite" para Robert Wise. Inmediatamente después regresó a la Paramount donde colaboró con uno de los mayores genios de la escritura cinematográfica de todos los tiempos: Billy Wilder. Ambos escribieron -junto al autor de la pieza original, Samuel Taylor- el guión de "Sabrina" que les valdría un Globo de Oro y la primera candidatura al Oscar de Lehman.

Después de este exito escribió "El Rey y yo" para la 20th Century Fox basándose en el musical de Rodgers y Hammerstein. Además de su segunda candidatura al Oscar, este guión le proporcionó su segundo premio de la Asociación de Guionistas.

En 1954, Ernest Lehman comenzó a trabajar en un proyecto para la MGM llamado "The Labor Story". Pero pronto abandonó ese proyecto en favor del guión de "Marcado por el odio", basada en la autobiografía de Rocky Graziano, campeón mundial de pesos medios de boxeo. Dirigida por Robert Wise la película supuso el lanzamiento como estrella de su protagonista. Un esplendido Paul Newman.

United Artist le reclamó en 1956 para realizar el guión de uno de sus propios cuantos "Chantaje en Broadway" dirigida por Alexander Mackendrick. Lehman tuvo que abandonar el proyecto por enfermedad y Clifford Odets terminó el trabajo.

De nuevo en MGM, Lehman abandonó un proyecto personal para escribir "The wreck of the Mary Deare" para Alfred Hitchcock pero el proyecto entró pronto en vía muerta. Consumido por la parálisis creativa, Lehman le dijo al maestro: "Quiero hacer una película de Hitchcock que acabe con todas las películas de Hitchcock: con fascinación, ingenio, excitación, movimiento, grandes escenas, gente normal e inocente atrapada en grandes proezas...". Entre pensativo y somnoliento, el cineasta le dijo: "Siempre he deseado filmar una persecución por las caras esculpidas del monte Rushmore...".

Acababa de nacer "Con la muerte en los talones", considerado por guionistas y cineastas de todo el mundo como uno de los mejores guiones cinematográficos jamás escritos (cuando el cine de suspense y "acción" era Cine con mayúsculas). A la sombra de la magnificencia de aquella escena, Lehman y Hitchcock empezaron a idear personajes inolvidables como el del malvado Van Damme y secuencias tan impactantes como la del asesinato en la ONU o la de la avioneta que acogota a Cary Grant.

Estrenada con éxito "Con la muerte en los talones", a Lehman le llovieron todo tipo de ofertas. Lejos de encasillarse, tras escribir "El premio" para Mark Robson, eligió dos musicales que multiplicaron exponencialmente su leyenda -"West Side Story "(1961) y "Sonrisas y lágrimas" (1965), ambas de la mano de Robert Wise- y el complicado reto de adaptar la obra maestra de Edward Albee "¿Quién teme a Virginia Woolf?" (1966), que también produjo y para la que eligió a un meritorio con talento llamado Mike Nichols.

Su regreso al musical se produjo en 1969 con "Hello Dolly!". Entre 1970 y 1972 escribió y dirigió "El lamento de Portnoy" que le valdría de nuevo el reconocimiento de toda la profesión. Luego, y por agradecimiento al hombre que le sacó de ese anonimato y le ayudó a crear su mejor guión, Lehman atendió en 1974 la llamada de un Hitchcock en plena vejez. Se trataba de urdir una adaptación que se convertiría en "La trama" (1976).

Tras escribir "Domingo negro" para John Frankenheimer, Lehman se dedicó mayoritariamente e escribir libros y adaptaciones para teatro y Televisión.

Candidato al Oscar en cuatro ocasiones, Lehman hubo de esperar al año 2001 para recibirlo. Fue un premio honorífico a su trayectoria y se lo entregó Julie Andrews, protagonista y artífice de uno de sus mayores éxitos. "Acepto este honor", aseguró entonces, "en homenaje a todos los guionistas de Hollywood, que tantas veces hemos sufrido el anonimato".

En una época en que todo el que participa en una película aspira al estrellato, echaremos siempre en falta a una persona de tantísimo talento y tan discreto ego.

Mil gracias Ernest...