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La Coctelera

Café Jurfendu

LA CONCIENCIA (NADA CULPABLE) DE THE "CHACHO" CONCEPT

Categoría: ESCRIBIR ES UNA NECESIDAD, HAGAMOS NUESTRAS NECESIDADES

16 Agosto 2005

EMPLEADO DEL MES

Intentó llegar a una solución pacífica.

- ¿Podemos llegar a un acuerdo? – dijo con su más flemático acento.

- Lo dudo mucho. Esta postura es incomodísima. No pienso tolerar que me entierren así, de cualquier manera. Tiene usted que comprenderme.

Otro cadáver recalcitrante. Ya era el quinto este mes. Y además era un puñetero crío. Algo debía estar funcionando mal en alguna parte. Los engranajes de la muerte emocional se habían descompasado a ojos vista.

Se produjo un silencio incómodo. Vergessen llevaba en este negocio más tiempo del que le importara recordar y nunca había tenido que enfrentarse a este tipo de situaciones tan anómalas. Trató de hacer memoria y analizar los posibles cabos sueltos.

Los Campos del Olvido” no son una necrópolis cualquiera. Sólo los mejores pueden trabajar aquí. La tierra ha de seleccionarse con un cuidado exquisito y lo mismo puede decirse del mármol. Además se requiere una pericia excepcional para hacerse con el manejo de las herramientas –muy específicas- que se emplean en este lugar.

Luego está la imprescindible confidencialidad que hay que mantener en todo momento. El más mínimo desliz tendría consecuencias inimaginables, además de implicar la pérdida automática del empleo. Nadie debe saber lo que ocurre con la maraña de sensaciones, sentimientos y recuerdos que quedan atrapados al otro extremo de un cordón umbilical de neocórtex necrosado. Por descontado, todos y cada uno de esos conjuntos únicos e irrepetibles de experiencias terminan aquí.

Y aquí es donde empieza la tarea de Vergessen. Nada demasiado complicado cuando se atesora la experiencia y el saber hacer de quien ha sido empleado del mes en más de 2000 ocasiones.

Rutina.

Sin embargo, esa labor diaria no incluía tener que negociar con los finados. Hasta que hacía poco más de tres semanas, uno de los cadáveres se revolvió en su caja con gran descontento.

Ese había sido el primero y despertó una malsana curiosidad en Vergessen, por considerarlo un ejemplo de singular rareza.

Pero en todos los casos se repetía el esquema de aquel. Por algún motivo había un fallo, una especie de pespunte en la cadena normal de los acontecimientos.

Era evidente que aquellos finados seguían conociendo la identidad de sus antiguos huéspedes. Algo impensable después de la extracción.

Vergessen tenía la garganta seca. Se ajustó la corbata con un gesto decidido, carraspeó y comenzó a capear el temporal como mejor sabía.

- ¿Y dices que tu huésped era...?

Para ser un cadáver, este respondía a las preguntas con una vitalidad impresionante.

- Pierre Defoto, el célebre redactor de Hogar Y Cactus”. Supongo que habrás leído alguno de sus artículos.

- Aquí no podemos acceder a la prensa. Está prohibido –dijo Vergessen alzando una ceja con desaprobación.

La expresión del finado hubiera sido de sorpresa si no fuera por el rigor mortis, que no le permitía expresarse demasiado. Antes de que pudiera articular palabra Vergessen prosiguió.

- Mira, tienes que asumir que tu conexión con ese tipo se acabó. Te voy a traer un ataúd más cómodo y me lo curraré para que tengas la mejor vista, pero no me pidas más. Todos estos favores me los descuentan del sueldo. Así que tengamos la fiesta en paz.

Los ojos vidriosos de aquel montón de vivencias acumuladas no denotaron emoción alguna al escuchar el parlamento de Vergessen. Meditaba en silencio su respuesta con la mirada fija en algún punto de la gastada chaqueta de paño de su enterrador.

Finalmente salió de su ensimismamiento y dijo:

- Tendremos la fiesta en paz con una condición.

- Ya empezamos –dejó escapar Vergessen -. No hay condición que valga. No estás en posición de imponer nada. Ni siquiera estás vivo.

- Pero puedo hacerte la vida imposible.

- ¿Cómo puedes estar tan seguro?

- Porque soy un pasivo-agresivo muy terco. Ya lo era en vida y ahora no voy a cambiar de actitud por las buenas ¿no? En cuanto te descuides haré que tu trabajo sea más desagradable que tener a un hipopótamo bailando sobre tu ombligo. Sé perfectamente que tu sólo eres un mandado aquí, pero ese no es mi problema sino el tuyo. A cambio de cierto favor te doy mi palabra de que no daré problemas.

Metomentodo y engreído. Lo que faltaba. Vergessen ya no tenía edad para aguantar impertinencias de muertos que ni siquiera habían llegado a la adolescencia. Sin embargo, decidió ser paciente y tratar de seguirle el juego a aquél descarado.

- Está bien. ¿Cuál es la condición?

- Quiero hablar por teléfono con Pierre y que me confirme que no desea mi regreso.

- ¿QUÉ? ¿Pero tú sabes lo que me estás pidiendo?

Vergessen apenas podía disimular su ira. El mocoso había ido demasiado lejos. Y su consternación aumentó al escucharle hablar una vez más.

- Es lo justo y tú lo sabes.

¿Lo justo? Vergessen no había oído hablar de justicia en todos sus años de servicio. La justicia no tiene nada que ver con esto. Todo es mucho más sencillo que eso.

-¿Y bien? –insistió el petulante fallecido.

En los cambios de turno los enterradores aprovechaban para charlar un rato (al fin y al cabo era un trabajo muy solitario hasta que habían empezado los problemas). Y a veces se transmitían unos a otros consejos, técnicas, advertencias e incluso viejas historias del camposanto.

Existía una vieja centralita en el borde noroeste del recinto. De cuando en cuando se recibía una llamada y alguno de los inquilinos debía ser resucitado para regresar al mundo real. No era frecuente, pero ocurría. El proceso de resurrección era arduo y te podías pasar todo el día trabajando para cumplir el plazo impuesto. Un auténtico coñazo.

Pero jamás se debía permitir el proceso contrario. El entonces decano de los enterradores le había contado a Vergessen -hacía más de 30 años- lo que ocurría si se permitía que uno de los cadáveres contactara por teléfono con su antiguo propietario. La rebelión era generalizada y algunos de los mejores enterradores de El Campo del Olvido habían sufrido heridas mortales en acto de servicio por esa causa. Condenabas a millones de personas a seguir sufriendo por cosas que debían haber olvidado.

No se podía cometer un error mayor.

Entonces, Vergessen decidió jugárselo todo a una carta. Engañaría al pequeño hijo de puta ese. Un poco de riesgo después de tanto trabajo sería bien recibido por sus cansadas neuronas.

- ¿Recuerdas su número de teléfono? –dijo ocultando una sonrisita culpable.

- El de su móvil sí. ¿Aceptas pues?

- Acepto.

Vergessen estrechó la gélida mano que le ofrecían y luego cargó con el cuerpo hasta la centralita. Tras depositarlo en un taburete que había visto días mejores, limpió de polvo unos auriculares y un viejo micrófono y se los colocó como mejor pudo al interfecto que tan burdamente había intentado chantajearle. Luego marcó el número ante la atenta mirada del muerto y dijo:

- Debo abandonar la estancia. No se me permite ningún contacto con el exterior y no quiero ser despedido por tu causa. Esperaré fuera a que termines.

Sin esperar el asentimiento de cabeza de aquel imbécil, Vergessen abandonó la habitación y con gran sigilo corrió hacia la puerta trasera, y entró sin ser visto en la sala de máquinas donde pudo cambiar rápidamente la conexión y desviarla a otro aparato interno. Esperó unos segundos y contestó impostando la voz.

-¿Diga?

- ¡Pierre!

- Sí, soy yo, ¿qué desea?

- ¿No me reconoces? ¿Qué carajo te pasa en la garganta? ¿Estás ronco?

- Tengo un ligero resfriado caballero. ¿Quién es usted?

En un esfuerzo desesperado, el finado narró todo un cúmulo de sensaciones, sentimientos, alegrías y sinsabores que supuestamente pertenecían a su interlocutor. Luego pidió socorro entre sollozos.

Vergessen estaba aturdido. Nunca en su vida había llegado a conocer tan bien un período concreto de la vida de alguien como aquel que acababa de escuchar sobre el tal Defoto. La información fluía a través de él como la electricidad en una sinapsis. Aquel era el verdadero significado del poder.

Se apresuró a responder.

- Oiga. No sé de qué me está hablando. Hágame el favor de dejarme en paz.

Colgó sin esperar contestación y saboreó inquieto su pequeño triunfo. Pero antes de que pudiera levantarse no pudo evitar escuchar una voz que surgía de la nada:

- ¿Hay alguien? ¿Me oye alguien?

Era la línea de la llamada original.

Mierda.

- ¿Hay alguien ahí?

El verdadero Pierre Defoto. Esta vez no era un engaño ni un simulacro. Si contestaba podía manipular la vida de ese tipo a su voluntad. Como si fuera un dios. Sus manos se aferraron al micrófono.

- ¿Me escucha?

-¿Quién es?

Estaba violando la norma más importante del cementerio. Pero no podía sustraerse al embriagador aroma del conocimiento. Podía ser el marionetista experto que controlaba los hilos del futuro de Pierre Defoto, el célebre reportero de “Hogar Y Cactus”...

- Pierre...

-¿Sí?

Tenía en la punta de la lengua todo lo que sabía de su interlocutor. Y tomó una decisión.

- Defoto.

- ¡Sí, coño! ¿Me quiere decir qué quiere de una vez?

- Me debes una.

De un manotazo arrancó el cable del panel interrumpiendo la comunicación. Luego se secó el sudor y fue a buscar a su insoportable acompañante. No le había escuchado llamar pero no era extraño.

Cuando entró en la habitación contigua lo encontró en avanzado estado de putrefacción. Ya no estaba en condiciones de molestar.

No lo estaría nunca más.

Vergessen abandonó la centralita con el trofeo de su pírrica victoria sobre los hombros. Canturreó una alegre melodía mientras se repetía a sí mismo que no regresaría a aquella esquina del camposanto. Había pasado por encima de la tentación y esta había perdido todo sentido para él.

Esta vez se había ganado a pulso el título de empleado del mes.

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15 Agosto 2005

SERVICIO POST-VENTA

-¿Su pedido ha sido entregado con retraso?

- No. La verdad es que han hecho gala de una puntualidad encomiable.

- ¿Hay algún componente roto o defectuoso en su funcionamiento?

- Que yo sepa no.

- ¿Le ofende nuestro producto de alguna manera; va en contra de su moral o vulnera alguno de sus principios y/o creencias religiosas, filosóficas o políticas?

- En absoluto.

- ¿Ha intentado agredirle o ha puesto en peligro la seguridad de quienes le rodean en su entorno laboral, social o familiar?

- Qué va.

- En tal caso, ¿podría usted indicarme la causa que ha motivado su llamada?

- Bueno... para empezar, esperaba que fuera un poco más alto y algo atlético.

- Nos atenemos estrictamente a su realidad y características concretas señor Defoto.

- Lo sé, lo sé, pero... ¿Era necesario que hablará tanto? Desde el momento de la entrega tengo la cabeza embotada por culpa de tanta palabrería.

- Insisto en que nos hemos basado en el modelo con gran fidelidad. Según su ficha, tal verborrea exasperante era una cualidad esencial del producto.

- Eso resulta algo insultante, pero debo admitir que no deja de ser cierto...

- ¿Algún otro motivo de queja caballero?

- ¡Camina como un pato!

- Seguimos patrones preestablecidos en todo lo que respecta al sistema locomotor. Y los suyos han sido reproducidos con altísima precisión y exactitud.

- Oiga, ¿sugiere acaso que yo...?

- No sugiero nada, señor Defoto. Tan sólo aclaro un malentendido.

- Malentendido... Tiene gracia que lo llame así. Además, vive en... en... "Madrid". ¿Dónde coño está eso? ¿Qué clase de ciudad tiene un nombre tan ridículo?

- Es una villa situada en la meseta de un país bárbaro del norte. Usted accedió a otorgarnos bastante libertad en ese sentido e incluso solicitó vehementemente que nos tomaramos ciertas licencias poéticas con respecto a los hábitos, vida laboral y ubicación del sujeto.

- Yo escribo en la publicación científico-artística más prestigiosa del mundo, señorita. Este tipejo sólo escribe bazofia en Internet. Tiene un patético diario de bitácora con el grotesco título de "Café Jurfendu". ¿Sabe lo que harían los ilustres miembros de la familia Jurfendu si se enteraran de semejante usurpación de personalidad? ¡No dejarían de él ni los huesos! Y no queda ahí la cosa... Se ha permitido el lujo de escribir una sarta de mentiras sobre mi persona. Es un calumniador nato y un bufón indigno de mí.

- Lamento comunicarle que esos datos no son computables como reclamación.

- ¡Me importa un pimiento! ¿Qué clase de horario de trabajo es ese? Nunca se sabe cuando empieza ni cuando termina. Me persigue a todas horas con su estúpida sonrisa y cuenta las mismas anécdotas una y otra vez. Por las noches sigo escuchándole a través de la pared. ¡Hasta cuando folla cuenta chistes!

- No es necesario que sea usted soez señor Defoto. No ha lugar a la utilización de palabras como "chiste" en esta conversación. Debe comprender que es de muy mal gusto.

- Si quiere que deje de soltar tacos, admita mis reclamaciones. Exijo la devolución de mi dinero y que retiren inmediatamente a ese adefesio de aquí.

- El contrato es muy explícito a este respecto. Sólo se admitirán devoluciones de productos caducados, con defectos de fábrica o entregados con un retraso anormalmente largo. En su caso, el artículo ha cumplido con creces todos los requisitos de control de calidad.

- ¿Con esa cara? ¿Me está tomando el pelo o qué? Es un producto impresentable. Voy a a demandarles y pediré una indemnización tan enorme que tendrá usted que ir en ropa interior a trabajar

- Le ruego que deponga su actitud hostil o me veré obligada a poner fin a esta comunicación e informar a mis superiores.

- Está bien, está bien, ya me calmo... pero hágame el favor de decirle algo de mi parte a "sus superiores".

- De acuerdo. ¿Qué debo decirles?

- Cuénteles que he dicho textualmente lo siguiente...

- Usted dirá señor Defoto.

- ¡VAYA MIERDA DE ALTER-EGO!

¡CLICK!

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14 Agosto 2005

NECROSIS

-El suyo es un caso de diagnóstico inequívoco. Me atrevería a decir que es un ejemplo de manual.

- Pero, ¿entonces…?

- Necrosis aguda en el cordón umbilical del neocórtex, señor Defoto. Hágame caso, lo mejor es extirparlo cuanto antes.

El rostro del doctor era de una inexpresividad hiriente. Pero aún me enervaba más su absoluta certeza acerca del origen de mis males.

¿Cómo había empezado todo esto? Hasta hacía apenas dos semanas yo era una persona razonablemente sana…

- Tómese su tiempo si quiere; pida una segunda opinión. Está usted en su derecho. Si quiere alargar su dolor innecesariamente, allá usted...

Me resultaba imposible concentrarme con aquel imbécil. Pero tenía razón.

A mi regreso del Mar de la Tranquilidad (célebre sanatorio de Burkina Faso donde me recuperé de una seria insolación que sufrí en algún lugar de la M-30) comencé a acusar los efectos de un dolor lacerante localizado en el área más oriental de mi despejada frente.

Para mi enorme sorpresa y consecuente estupefacción, comprobé en un espejo que de tal área de mi preclaro cerebro surgía una protuberancia oblonga y palpitante, surcada por venas y arterias de un color sospechosamente parduzco y que desprendía un olor a humedad y putrefacción igualmente inquietante.

Cómo acabé en el consultorio de aquel petulante matasanos cuya seguridad en sí mismo rayaba la impertinencia sigue siendo un misterio para mí. No obstante, mi principal prioridad en aquellos momentos era deshacerme del dolor de una vez por todas.

El doctor, cómo no, también tenía algo que decir al respecto.

-Es mi deber advertirle, dijo impertérrito, que el dolor no desaparecerá de inmediato tras la operación. Es más, seguirá usted padeciéndolo durante un período indeterminado que suele durar entre un semestre y varios años. Será un compañero terriblemente fiel con el que tendrá que aprender a vivir hasta que, progresivamente, remita por completo.

- ¿Y de qué me sirve...?

-Déjeme usted terminar señor Defoto. Para sobrellevar esta situación con entereza y dignidad iniciaremos un tratamiento post-operatorio que tendrá que seguir a rajatabla. En cualquier caso, hay dos cosas que usted no debe hacer en ningún momento.

- El suspense me mata, dije sin aparentar la más mínima curiosidad.

- En primer lugar, jamás se acostumbre al dolor. Es algo natural, pero no se puede ceder con resignación ante lo evitable. Hay gente que va abandonando parcelas de su realidad al dolor hasta que este se apodera de ellos por completo. Usted no será una de esas personas. No lo permitiré. Cuando se cae en esa espiral de dolor, este se torna agradable. Y arrastrado por esa dinámica, se convertiría usted en una especie de alma en pena insoportable.

- ¿Cómo de insoportable?

- Peor incluso que el típico cuñado que se empeña en ser simpático en todas las bodas.

-¡Qué espanto!

- Lo es señor Defoto, lo es. Nosotros lo llamamos “Síndrome de Esto-es-el-colmo”.

Aturdido ante tan terrible revelación, quise cambiar de tema cuanto antes.

- ¿Cuál es la otra cosa que debo evitar? – dije tragando bilis.

- Como usted sabe, la medicina ha avanzado muchísimo en la última década en el tratamiento del dolor. Hemos llegado en muchos casos a solventar el sufrimiento mucho antes que las enfermedades que lo provocan. Esta es una tendencia loable y con la que no podría estar más de acuerdo. Sin embargo, no se puede olvidar ni por un momento que el dolor sólo es un síntoma del mal que aqueja a nuestro cuerpo. Una señal de alarma de nuestro organismo. Y en contadas ocasiones –la suya entre ellas- es el único indicador fiable del avance del tratamiento. ¿Me sigue?

- Mucho me temo que sí –le espeté

- Hay profesionales que no merecen tal nombre señor Defoto. Galenos que aseguran hallarse en posesión del Santo Grial que todo lo cura. Esa gentuza avergüenza a nuestra noble profesión. No todo se arregla con gazpacho de Prozac y tinto de verano. Lo que quiero decir es que va usted a recibir sugerencias muy tentadoras de medicuchos que le propondrán remedios fantásticos a su problema.

- ¿Cómo cuales?

- Le contarán que implantando un nuevo cordón en el lugar de donde surgía el extirpado todos sus dolores desaparecerán de inmediato.

- ¿Y es eso posible?

- ¡De ningún modo! Es la mayor irresponsabilidad que podría usted cometer. Ese tipo de operación produce un contagio inminente en alguna o algunas de las personas con las que usted trate a menudo. Sería usted un virus con piernas. ¿Me explico? En lugar de acabar con su sufrimiento lo extendería como una plaga. Siga mi tratamiento y con el tiempo, cuando el dolor haya desaparecido, es posible que le nazca un nuevo cordón en otro lugar de su cerebro. Eso no debe preocuparle. Es una excelente señal. Pero en el sitio donde se encontraba el anterior sólo debe quedar una cicatriz. Es necesario que esa cicatriz exista. Su presencia le ayudará a evitar otra necrosis.

Tal vehemencia terminó por convencerme. A las pocas semanas ingresé de nuevo en la clínica para someterme a una operación de urgencia. El equipo del doctor intentó tranquilizarme, pero no pude evitar ver que uno de ellos llevaba sombrero de fieltro y gafas de sol. Aquello era totalmente anti-higiénico.

- ¿Quién diablos es ese hombre? ¿Cómo le dejan entrar en un quirófano de esa guisa? –grité.

- Haga usted el favor de calmarse señor Defoto, (era la voz relajada y orgullosa del doctor que me había metido en este lío); este es el doctor Blues, que hoy hará las veces de anestesista y que será el responsable de su tratamiento post-operatorio.

Alcé la cabeza con horror. No podía dar crédito a mis ojos. Aquel doctor era…

- Este anestesista, ¡es John Lee Hooker! ¿Qué diablos está pasando aquí? John Lee Hooker no es médico y lleva años criando malvas…

- Está usted disparatando señor Defoto. El doctor Blues lleva toda la vida con nosotros y siempre estará entre nosotros.

Intenté articular otra queja pero mis labios no se movieron. La anestesia estaba empezando a hacer efecto. Juraría que podía escuchar los acordes de "The Healer" mientras cerraba los ojos.

Ha pasado cierto tiempo desde aquella intervención quirúrgica. El dolor se hizo soportable y finalmente, con la ayuda del doctor Blues (que me sigue recordando sobremanera a John Lee Hooker) desapareció.

No fue fácil.

No fue cómodo.

No fue agradable.

Nunca lo es.

Pero hoy sólo queda una cicatriz. Luce un sol esplendido y vuelvo a trabajar con gran ímpetu para la publicación "Hogar Y Cactus". A veces palpo la cicatriz para asegurarme de que sigue ahí. Pero en estos días hay otro acontecimiento que reclama toda mi atención.

Un poco más arriba, casi en el nacimiento del cabello, me está naciendo otro cordón umbilical.

Su color es rosadito y huele a vida por los cuatro costados.

Y a mí me cuesta no sonreir.

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26 Julio 2005

EL SABUESO ¿PLAGIADO? DE LOS BASKERVILLE

Recordaré mientras viva el día en que la delgada línea que separa la falsificación de la autoría y la genialidad de la impostura quedó difuminada para siempre en mí cabeza.

Fue la deliciosa tarde -hace ya muchos otoños- en que me quedé petrificado tras ver esa magistral declaración de intenciones con aroma documental llamada "F for fake". La firmaba un maestro de la prestidigitación llamado Orson Welles y, desde entonces, nunca he podido volver a adoptar un punto de vista dogmático sobre este tema.

Y no parece que yo sea el único. A todos nos atrae la idea de ver a un escritor de historias de suspense, misterio y crimen involucrarse en el mismo tipo de fechorías que sus personajes desvelan.

Si leyera lo que voy a narrar a continuación en un guión cinematográfico lo desecharía por trillado y falto de imaginación. Pero donde lo he leído es en la prensa. Y el implicado no es cualquier escritorzuelo. Es el mismísimo Arthur Conan Doyle.

Un equipo de investigadores pretende exhumar un cadáver en un pueblecito inglés para determinar la veracidad de los rumores según los cuales el célebre escritor envenenó a un colega tras plagiarle uno de sus libros más famosos.

El libro es nada menos que "El sabueso de los Baskerville", publicado bajo la firma de Conan Doyle, pero que, según algunos, fue escrito en realidad por su amigo Bertram Fletcher Robinson, abogado, escritor y periodista.

El cadáver de este último reposa en el pequeño cementerio de la Iglesia de San Andrés, en la localidad de Ipplepen, condado de Devon, en el suroeste de Inglaterra.

La teoría es que Conan Doyle (1859-1930) envenenó a su amigo, administrándole láudano para evitar que se descubriera el plagio.

Fletcher Robinson falleció en 1907 y en el certificado de defunción se señala unas fiebres tifoideas como la causa, algo que no aceptan quienes pretenden examinar ahora sus restos.

Estos, un escritor llamado Rodger Garrick-Steele, y el científico y ex policía Paul Spiring, pedirán permiso a la diócesis de Exeter, de la que depende la parroquia, y al ministerio del Interior británico para exhumar los restos de Fletcher Robinson.

El equipo de seis personas que han formado incluye a un patólogo y a un toxicólogo, según informó el diario "The Daily Telegraph".

Spiring, que lleva ya algún tiempo investigando el asunto, sospecha que Conan Doyle, que no quería verse acusado de plagio, utilizó a la esposa de Fletcher Robinson, con la que tenía supuestamente un aventura, para administrarle el veneno.

Los admiradores del creador de "Sherlock Holmes" descartan por descabellada la idea de que el novelista hubiera asesinado a su amigo, aunque reconocen que la contribución de Fletcher Robinson a la gestación de aquella obra ha sido minimizada.

En una nota a pie de página en la primera edición de "El sabueso de los Baskerville", Conan Doyle reconoce que el relato se debe a su "amigo" Fletcher Robinson.

Este acompañó al autor a la localidad de Dartmoor, donde Conan Doyle encontró inspiración para la historia, luego llevada al cine, del malvado Sir Richard Cabell, que vendió el alma a Satanás y fue arrastrado hasta el infierno por una jauría.

Heather Owen, de la Sociedad Sherlock Holmes, cree que la teoría del envenenamiento es totalmente incompatible con el carácter del novelista, a quien describe como fiel a su esposa hasta la muerte de ésta.

Tuvo durante el matrimonio una relación intensa, aunque sólo platónica con Jean Leckie, con quien, tras enviudar, contraería nuevo matrimonio y con la que vivió luego felizmente.

Según Owen, citado también por "The Daily Telegraph", Conan Doyle quiso que el libro se publicase con el nombre suyo y el de Flecher Robinson, pero al editor no le gustó la idea porque el único que venía era el primero.

Dudo mucho que se llegue a aclarar este embrollo. Tal y como mis compañeros de fátigas musicales -Alberto P Punto y Tony Couple- tuvieron ocasión de comprobar durante la celebración de la primera edición del "Taller de composición musical lúdico-constructiva de La Maison Du Poulet", lo más probable es que hoy en día Sherlock Holmes estuviera en el paro. Abandonado por la fama y la fortuna en un mundo que admite más puntos de vista de los que el detective victoriano podría tolerar...

Y él sería la única persona apropiada para resolver el enigma planteado por su creador.

Las certezas del ayer se pagan mal, reza el primer verso de "Souvenir en Baker street", la canción que resultó de aquel taller y que se ajusta como un guante a esta situación (Tras unas cuantas copas, también pensamos en componer un espantoso reggaetón que se llamara "Watson talibán" pero lo dejamos, sospechando que podría dignificar al género que pretendíamos ridiculizar).

No tengo ni la más remota idea de cuál es la verdad detrás de los titulares. Sólo sospecho que todos somos un pozo de contradicciones en sí mismo.

El carácter de Doyle podría mostrar otras tendencias menos agresivas que el asesinato, pero no hay que olvidar que el gran maestro de la lógica deductiva, era también un vehemente defensor del espiritismo. Y esa es una señora incongruencia.

Además, ¿va a cambiar la maestría del relato porque el nombre de su autor sea otro? Lo dudo mucho. El propio Holmes es un personaje de moral dudosa, tal y como nos mostró ese travieso geniecillo vienés llamado Billy Wilder en su película más injustamente incomprendida.

En cualquier caso, es evidente que exhumar cadáveres está de moda. Esperemos que cierto fan chino de Truffaut no se entere de esto.

Yo, por si acaso, pienso disfrutar de mis copias de "F For Fake" y "La vida privada de Sherlock Holmes" una vez más, aprovechando que tengo la excusa perfecta.

Como si la necesitara...

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Sólo hay una cosa que me moleste más que no ser tomado en serio: que me tomen demasiado en serio.

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